Viajo, luego existo.

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Nelson y Abel Tasman, de una ciudad con encanto a paisajes de postal

Nelson

Llegamos a este pueblito sin quererlo. Pero teníamos una obligación, y era arreglar la furgo. Medio mosqueados medio curiosos por cambiar un poco el rumbo lo primero que hicimos fue llamar a varios talleres mecánicos, y al ser sábado sólo encontramos uno abierto. Diagnóstico: No hay nada que hacer. Se tendría que arreglar el sistema hidráulico entero y ni siquiera tenían las piezas, de modo que la única solución temporal era … UN PALO!!!! Así de simple, nos dio la dirección de una especie de Leroy Merlín, pedimos el típico palo de escoba que se puede agrandar y achicar, y lo pusimos aguantando la puerta de atrás. El arreglo no es que fuera cómodo, porque tenías que tener cuidado cocinando de no darle un golpe y que se te cerrara el maletero y te partiera la crisma, pero era algo fácil y que no nos haría perder más tiempo. Así que ya que estábamos aquí, aprovechamos para ver un poco el pueblo.

Esta localidad se encuentra al norte de la isla sur. Recibe visitas de muchos turistas (o friki turistas) porque…. chachánnnnnn aquí está el herrero (Jens Hansen) que hizo los 40 anillos que se usaron en la producción de El señor de los anillos. Puedes ver uno de los anillos originales que se utilizaron y puedes comprar copias de oro de 9 y 18 quilates, para quien se anime y quiera regalármelo. Ya que estábamos allí, miramos que podíamos ver, y era nuestro día de suerte: todos los sábados ponen un mercado de fruta, verduras, artesanía, etc. Y nos encantó. Muy cuidado, muchos puestos eran de comida orgánica (aixx… que Marcio y yo nos estamos aficionando a productos biológicos y demás), chiringuitos veganos, etc. Comimos muy bien, a precio de oro, como todo en Nueva Zelanda, y dimos una vuelta por el resto del pueblo. La iglesia y el parque son preciosos, y nos gustó mucho una calle llamada South Street que aún conserva edificios victorianos y están declarados de valor histórico.

Después del paseo pusimos rumbo a Abel Tasman, y dormimos muy cerca de allí, en un camping del DOC guapísimo que se llama Mc Kee. Cuesta 6NZD por vehículo y es una pasada. Pudimos poner la furgo prácticamente en la orilla de la playa.

Esa noche fue realmente especial. ¿Vale la pena haber dejado un curro, haberte quedado sin piso, el estrés de los meses previos haciendo los preparativos, y la pena de no poder ver a gente que tantísimo quieres? Por supuesto que vale la pena, sobretodo por momentos como éste. Os pongo en contexto: Ponemos la furgo justo donde empieza la playa, sacamos la mesa y las sillas plegables, y así, en un momento, nos hemos preparado un ambiente idílico, sólo nos faltaban las velas, porque el paisaje era para quitarte el sentío. Nos hicimos un bistec de ternera a la plancha que era otro nivel de delicia, y lo acompañamos de una ensaladita de tomate y aguacate. Teníamos vino blanco, ¡y encima estaba fresquito!!! Los cubiertos eran de plástico si, pero no hubiera podido competir con ese momento ni un restaurante con estrella michelín. Y con el sonido de las olas de fondo, compartimos una velada única.

Pero eso no era todo. A media noche, me estaba meando lo más grande, y claro, tenía que salir de la furgo. Me calzo, y cuando abro la puerta, la marea había subido un montón y la luna llena se veía reflejada en el mar. Joder! Me fascinó tanto que desperté a Marcio y nos pusimos a hacer fotos. Después, nos levantamos para ver el amanecer y pusimos así el broche final a una noche irrepetible. ¡Aquí tenéis fotos de todo! ¿Veis como no exagero ni un poquito? 


Abel Tasman National Park

Llegamos a Marahau con la furgo, un pueblo donde se coge el water taxi. Es muy cachondo, porque como por la mañana la marea es más baja, tienen que entrar las lanchas encima de un tractor que les remolca hasta el agua. La gracia cuesta 40 pavacos por persona. Puedes no pillarlo y ir y volver caminando, pero de esta manera no haces el recorrido dos veces y puedes abarcar más trozo. Es decir, a nosotros nos dejaron en Bark Bay, y desde allí hay 23,5 km hasta donde teníamos la furgo, entonces lo hicimos caminando. Si no hubieramos cogido el water taxi, a los 10 km cm mucho nos hubieramos tenido que dar media vuelta, y vale la pena hacerlo así porque el paisaje cambia bastante en diferentes zonas y no se hace en absoluto monótono. 

La ruta empieza en la playa, concretamente en Bark Bay. Lo primero que choca al llegar (si no has leído nada previamente como fue nuestro caso) es que en el punto donde te deja el water taxi, encuentras un campamento. Y no entiendes de donde salen y a donde van. Fue ahí cuando me enteré que puedes hacer en vez de un día de trekking (como nosotros), 3 días, 51 km, y ese es uno de los sitios para descansar la última noche. Lo tienen bien montado, hay hasta una cocina grande resguardada del frío. 

En la primera parte de la ruta hicimos paradas para fotografiar Medlands beach, Sandfly Bay y Torrent Bay, punto en el que decidimos comer un tupper riquísimo de ensalada de pasta que habíamos preparado la noche anterior y un par de plátanos.


Después del descanso, retomamos el camino y nos desviamos 1,5 km de la ruta para ver Cleopatra’s Pool (está todo muy bien señalizado). Fue en este maldito punto, donde una avispa decidió probar suerte con mi tobillo. Yo la conseguí matar, y ella me hizo un daño tremendo. Mal trato.

La última parte del recorrido fue Akersten Bay y Stilwell Bay. En la primera de ellas, hicimos de nuevo parada para comer otro super tupper de ensalada de pasta y, haciendo homenaje a nuestra cultura, hicimos una siesta de media hora en la playa que nos sentó de lujo y nos ayudó a reponer fuerzas.


7 horas y 15 minutos después llegamos de nuevo a Marahau, al parking donde nuestra queridísima furgo nos esperaba. Considero que mantuvimos muy buen ritmo durante la caminata, teniendo en cuenta que finalmente fueron 25 km, y que hubieron dos paradas para comer y siesta incluida. Además, como muchos de vosotros sabéis, Marcio es raro que esté más de 5 minutos sin pararse a hacer una foto y ese día no fue la excepción.

Contentísimos de haber completado la etapa, nos comimos unos Magnums a precio de oro que nos supieron a gloria, y emprendimos la marcha hasta el siguiente camping para descansar un poco. Y con este post, me quito por fin la etiqueta de ‘antideporte’, yija!


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